
Una exposición pública en Tokio vuelve a poner en primer plano los crímenes de la Unidad 731 del Ejército Imperial Japonés, responsable de experimentos humanos durante la guerra sino-japonesa. Miles de civiles chinos fueron infectados con patógenos letales y sometidos a disecciones en vivo. Pese a la magnitud de estos crímenes, Japón nunca los reconoció oficialmente y parte de la información terminó en manos de Estados Unidos, permitiendo la impunidad de muchos responsables. Hoy, iniciativas en Japón y China buscan preservar la memoria de estos hechos.
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