La caída de Bashar al-Assad en diciembre pasado no borró los prejuicios profundamente arraigados en la sociedad siria. Las divisiones políticas e identitarias siguen vivas, y desde enero, los enfrentamientos sectarios han ido en aumento. En un país tan fragmentado como Siria, los viejos rencores persisten y muchos se toman la justicia por su mano, impulsados por la sed de venganza contra quienes consideran traidores o enemigos internos.
