En el campo de Roj, al norte de Siria, la vida parece continuar con normalidad, pero persisten las tensiones entre las mujeres detenidas por sus presuntos vínculos con el autoproclamado Estado Islámico. Muchas de ellas desconfían de las cámaras, mientras que otras esperan una posible liberación bajo el Gobierno de facto de Ahmed al-Sharaa. El campo se enfrenta a la incertidumbre, ya que las fuerzas de seguridad kurdas pasan a estar bajo el control del Ministerio del Interior sirio, lo que plantea interrogantes sobre la estabilidad y el destino de los detenidos extranjeros cuyos países de origen se niegan a repatriarlos.
