
Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su guerra contra Irán el 28 de febrero pasado, sus líderes la justificaron con miras a destruir las capacidades balísticas y nucleares iraníes y, en última instancia, causar el colapso del régimen. Transcurrido el primer mes, esos objetivos están lejos de cumplirse, la República Islámica mantiene el pulso (a costa de su propia población) con ataques en toda la región, tensiona la economía global con el bloqueo al estrecho de Ormuz y es reacio a los intentos de diálogo. Trump parece buscar una salida al conflicto, entre negociaciones infructuosas o una peligrosa incursión terrestre.
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