
Alrededor de mil personas, en su mayoría civiles de la minoría religiosa alauita, de la que forma parte el derrocado Bashar al-Assad, fueron asesinadas por fuerzas de seguridad y grupos afines al oficialismo en apenas unos días. Esa ola de violencia ha puesto en duda la capacidad del nuevo Gobierno de Siria para mantener la paz en un país que todavía sufre los efectos de más de una década de guerra civil.
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